Estatuas, poder y política

El reciente anuncio del traslado del monumento a Cristóbal Colón situado en la plaza homónima a la ciudad de Mar del Plata y su sustitución por una efigie de Juana Azurduy viene a inaugurar una nueva edición de la ya habitual batalla simbólica por el pasado que tanto obsesiona al gobierno. Otras acciones en el mismo sentido caracterizan al espíritu de los tiempos. Un proyecto de ley del MST busca retirar el monumento a Roca que se erige en Diagonal Sur y Alsina para reemplazarlo por un monumento a los “pueblos originarios”. El pasado mes de octubre, un grupo de activistas intentaron derribar el monumento a Roca que preside el Centro Cívico de Bariloche. Una iniciativa encabezada por Osvaldo Bayer busca fundir 200.000 llaves de cobre para construir el monumento a la “mujer originaria”.

La pedagogía de las estatuas no es una metodología nueva. En una conferencia clásica, Ernest Renan afirmó que las naciones se definen por una memoria común, por un destino común y, lo que es más relevante, por una amnesia común: («L’oubli, et je dirai même l’erreur historique, sont un facteur essentiel de la création d’une nation»). Acaso estos monumentos evoquen poco en la memoria de los transeúntes, habituados a estos datos del paisaje urbano, pero aquí argumentaré que la encarnizada voluntad por retirarlos comporta olvidos mucho más onerosos que las supuestas ganancias de su reemplazo: en particular, intentan borronear la filiación de la Argentina en la larga historia de la civilización humana. No me aqueja ningún prurito al escribir estas palabras, que despiertan inevitablemente la tirria de la progresía local. No me arredran el relativismo -al que David Landes denominó “la humildad del siglo XX”-, los dicterios contra el imperialismo, ni la recusación de la idea de progreso que dominan la constelación ideológica de las huestes bienpensantes.

En palabras de sus propios promotores, el monumento a la mujer originaria se propone “reivindicar los más de 500 años de resistencia contra la conquista y la explotación, recordar a las tribus diezmadas (…) y acompañar desde el sur del continente el vigoroso renacer nativo de nuestra Patria Grande”. Desde luego, existe lo que podría denominarse la “paradoja de los pueblos originarios”: recordar a los pobladores del territorio que luego se convertiría en la Argentina sólo es posible a condición de recordar que ese territorio se convirtió de hecho en parte de la Argentina por obra y gracia de Roca. El Estado, siguiendo a Gellner, crea la nación, y, por ende, a cualquier contenido que se le quiera imputar a ese significante. Olvidando a Roca se olvida el arduo y prolongado proceso que culminó con la creación de un Estado nacional, ese Estado que, como escribió Oscar Oszlak en las líneas finales de su clásico estudio sobre el tema, se levantó sobre las cenizas de Caseros, Pavón y Puente Alsina. Implica olvidar que cualquier empresa común era imposible en el marco de la interminable guerra civil que recorre todo el siglo XIX argentino. Sólo la construcción de un orden político y una legalidad común permitieron marcos de previsibilidad mínimos para la interacción social y el desarrollo de un proyecto de nación. Inútil prodigar guarismos. Basta mencionar que entre 1880 y 1916 la población aumentó de dos a siete millones, el tendido de vías férreas de tres mil a treinta y un mil kilómetros, las exportaciones de sesenta millones a más de cuatrocientos millones de pesos oro, etcétera. El olvido de Roca encierra el olvido de dos grandes lecciones de la política comparada: que todo Estado se levanta sobre un fondo de violencia y que la estatidad -la construcción de un orden público entendido como un marco institucional que da cierta previsibilidad a las relaciones sociales- es una condición necesaria del progreso y la prosperidad de las naciones. El monumento a los pueblos originarios se agota en su pobre afán vindicativo: no contiene pistas para contestar ningún interrogante histórico o politológico.

El caso de Colón es mucho más escandaloso. Suele señalarse que, conjuntamente con la invención de la imprenta, la empresa transatlántica de Colón marca el inicio de la modernidad. Con la modernidad se inicia una etapa inédita de la humanidad. El aumento del comercio generó aumentos inéditos del Producto Bruto (prácticamente constante durante toda la Edad Media), la circulación de hombres e ideas. Es cierto que en el nuevo mundo se implementaron crueles formas de explotación. Pero las situaciones fácticas del otro lado del Atlántico pronto se revelaron intratables para el control colonial. El nuevo mundo fue entonces un laboratorio político: el primer lugar donde podía realizarse ex novo el sueño de los radicales europeos: vivir sin reyes. Este proceso vertiginoso de vastas repercusiones en las vidas de buena parte de los habitantes del planeta pudo haber sido gatillado de otra manera, pero fue Colón el que de hecho lo hizo. El monumento a su memoria nos conecta, entonces, con la gran tradición de la civilización occidental, con esa vieja urdimbre que se inició en Atenas y se devana a través de todas las generaciones. Esa tradición se actualiza cada vez que se escucha una sonata, se esgrime un argumento filosófico, se produce un descubrimiento científico, se descifra una inscripción latina, se recita un endecasílabo. Esta tradición no está allí para ser venerada, es una tradición viva y crítica. Esta permanente actualización se suspende si, como en «Szoborpark», el Museo de las Estatuas de Budapest, los espectros del pasado que obstaculizan nuevos consensos políticos son recordados a condición de convertirse en piezas de museo.

Karl Popper escribió que aquello que distingue a la tradición occidental es que, en ella, toda enseñanza va acompañada de una invitación implícita y audaz a su crítica más severa, todo maestro formula a su discípulo el desafío de ofrecer una explicación mejor. Es una tradición de segundo orden, que se define por la discusión crítica de sí misma. En un espíritu similar, Borges razonó que un país joven como la Argentina está en inmejorables condiciones para operar libremente con la tradición occidental y está obligado a hacerlo. El retiro de estatuas que pertenecen a esta tradición, y que naturalmente suscitan encendidas polémicas, nos priva de la posibilidad de ejercerla. El enroque de monumentos comandado desde el vértice del Estado equivale a ganar la discusión haciendo trampa, y un país tramposo es un lugar inhóspito para la discusión pública bien entendida.

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