Por una nueva cultura tributaria

El Estado en sus distintos niveles realiza distintas actividades que son esenciales para la sociedad y su desarrollo. Estas actividades (servicios públicos) requieren la realización de recursos (gasto público), los cuales se asignan por partidas presupuestarias. Sin perjuicio de obtener fondos de otras maneras, la principal fuente de recursos del Estado es la percepción de tributos.

Los tributos son prestaciones pecuniarias, obligatorias para los privados por imposición unilateral del Estado, de caracter contributivo ante el acaecimiento de un hecho imponible. Así, el pago de tributos es una transferencia patrimonial a favor del Estado, que tanto pueden tener una contraprestación pública específica  (tasas) como no tenerla (impuestos).

Esta transferencia obligatoria genera en el privado una resistencia natural a entregar al Estado recursos como contrapartida de bienes intangibles que, difusos o concretos, pueden ser indeseados o innecesarios para éste. Inclusive, es frecuente la idea de que el Estado se abusa en la proporción de que se apropia del trabajo del privado.

En estos términos, el financiamiento del Estado depende del sistema tributario. También depende de éste la redistribución de los recursos, dado que la captación patrimonial de los privados y la actividad pública importa la asignación de recursos a determinados fines a los cuales de otra manera no llegarían. De aquí que exista un importante sustrato moral detrás de la relación tributaria, y que ésta resulte tan interesante para el crecimiento equilibrado y sustentable (desarrollo) de la sociedad.

Aquí se señalarán tres derivados de una política fiscal netamente cortoplacista que cercena la formación de una necesaria cultura tributaria progresista. Esta necesidad de un nuevo pacto fiscal queda en evidencia cuando los ciudadanos no se identifican con la actuación del Estado que ellos financian, y se desentienden de la administración de los recursos públicos que hacen sus representantes.

La moratoria como política

Un ejemplo de las prácticas estatales que propician la inconducta tributaria es el de las moratorias para la regularización de deudas tributarias. El ejemplo más reciente es la resolución general 3451/2013 de la Administración Federal de Ingresos Públicos (“AFIP“).

Nota: Es muy interesante señalar que entre los considerandos de la resolución referida se destaca a la moratoria como otra de las medidas contracíclicas conducentes al desarrollo estructural de las empresas, a la generación de empleo, al mantenimiento de las fuentes de trabajo y al fortalecimiento del poder adquisitivo de los ciudadanos y, con ello, la consolidación de la demanda y del mercado interno nacional.

Las moratorias son planes de facilidades de pago de deudas tributarias en cuotas a tasa de interés nula o baja. Este tipo de planes son extraordinariamente favorables en contextos de inflación prolongada como el nuestro, puesto que la diferencia entre la razón de la pérdida de poder adquisitivo de la moneda y la tasa de interés importa que la deuda sea progresivamente menor en términos reales (en contraposición a los nominales).

La evasión especulativa

En esquemas inflacionarios como el nuestro, los programas de regularización perjudican al contribuyente que cumplió su en plazo, quien termina pagando más en términos reales por haberlo hecho cuando la moneda tenía un mayor valor real. Así resulta atractiva la evasión especulativa, según la cual no se cumple hoy por la certidumbre de habrá mañana una nuevo moratoria que permitirá hacerlo más barato.

Nota: ejemplos de moratorias recientes son (i) el decreto 93/2000 del Poder Ejecutivo Nacional (2000); (ii) el decreto 1384/01 del Poder Ejecutivo Nacional; (iii) la ley 26.476 (2008); y (iv) la flamante resolución general 3451/2013 de la AFIP (2013).

Evidentemente, este tipo de esquemas resulta negativo para la forja de un pacto fiscal por ser un desincentivo para el cumplimiento en plazo de las obligaciones tributarias. En definitiva, el plan evasor no es más que jugar con el riesgo caracterizado por ser:

  1. reductible, por la corruptibilidad de algunos de los agentes de la AFIP;
  2. limitado, dada la imposibilidad de que la AFIP persiga a todos los evasores cuando el grado de incumplimiento es alto; y
  3. periódicamente interrumpido, porque más temprano que tarde el Estado volverá a necesitar liquidez (por ejemplo, en épocas electorales) – y lanzará una nueva moratoria para hacer caja.

Así se define este juego bobo de apostar a la falla del sistema tributario, por el cual lo que individualmente se evita tributar se paga (con creces) por el spread del alto grado incumplimiento colectivo tanto en términos fiscales cuanto de conciencia pública.

La evasión justa por abuso

Un segundo factor contrario a la construcción de una cultura tributaria es la progresiva presión fiscal.

Ya muchos hemos perdido la cuenta de los meses con recaudación récord de la AFIP. Más allá de la posible reducción de la actividad en negro -donde ya están haciendo cierta diferencia las tareas preventivas del lavado de activos- y el indudable talento que tiene para hacerse de dinero el Administrador Federal de Ingresos Públicos, señor Ricardo Echegaray, la explicación es que la inflación es la clave de este fenómeno – cuando no se adecúan los topes, categorías y porcentajes a la realidad económica.

Lo que resulta curioso es la propaganda oficial de los récords de recaudación fiscal cuando esta es bien contraproducente, puesto que contribuyen a que el privado sienta que paga cada vez más… Y esta sensación no sólo es verdadera en términos nominales, sino que también probablemente lo sea en realidad. En efecto, el Estado aumenta los impuestos sistémicamente por obra y gracia del aumento generalizado de los precios.

Así, se conforma en el privado la sensación de que el Fisco abusa de su exorbitante superioridad. De ahí a sentir al Estado como una amenaza y al tributo como su azote hay apenas un paso… Esta concepción agónica del tributo facilita drásticamente la justificación de un acto contrario a la ley como la evasión, al disfrazarla como un escape contra un abuso desmedido del Estado.

La evasión justa por corrupción

El tercer punto a señalar es también psicológico. Existe una creencia bastante difundida de que el Estado es corrupto, ineficiente, burocrático, lento, etcétera, todo lo cual tiende a la legitimación de la evasión tributaria en el fuero interno del privado.

En este sentido, las noticias de sobreprecios, desvíos de partidas, desplifarros, clientelismo y contrataciones directas son muy importantes en la construcción de una idea de imposible fidedignidad para el Estado; la que es muy dificil de contrarrestar. Máxime cuando el perfil y la experiencia del sector público generalmente tienen más a la confirmación que a constituir una prueba en contrario a estas concepciones.

Más allá del autoengaño, es claro que no hay correlación que justifique la evasión tributaria por la desviación del poder público. Tanto menos cuando la evasión es un acto tan ilegal como los que pudiera condenar en su fuero interno el propio evasor.

Post data: adviértase que este tipo de evasión no es asimilable a la desobediencia civil en miras del principio revolucionario de no taxation without representation, cuando la imposición unilateral que establece al tributo es obra de políticos elegidos directa o indirectamente por el voto popular.

Cortoplacismo contra cultura tributaria

Sería injusto endilgar la fragilidad del pacto fiscal entre el Estado y la sociedad a la gestión a la década ganada, cuando ella parece más bien ser una de las constantes históricas más arraigadas en el ideario de nuestro pueblo. En este sentido, nuestra pobre cultura tributaria es apenas un síntoma de la enfermedad general que es el desprecio a la legalidad. Las consecuencias de esta cultura están a la vista.

Es hora de que nuestra sociedad (a instancias de sus líderes de opinión) plantee un nuevo de paradigma que nos permita pasar la página de la anomia boba adolescente hacia alguna forma de temprana madurez. Y esto todavía más aplica para nuestros políticos, en cuanto operarios de la máquina estatal, quienes con su pensamiento electoralmente cortoplacista no hacen más que destruir cualquier germen de este cambio cultural.

Hasta tanto se dé este salto cualitativo, cualquier esperanza de futuro promisorio no será más que otra ilusión. Y de eso los argentinos, más que cultura, hacemos escuela.

 

Licencia de Creative Commons
Por una nueva cultura tributaria por Alejandro Ezequiel Coto está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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