Iconoclasta.

En La venganza de la realeza: cuentos de príncipes se sostuvo una serie de afirmaciones que concluyen por exaltar el valor de la realeza como compendio de preferencias sociales que sintetizan el deber ser de los súbditos. La cadena proposicional desarrollada es, básicamente, la siguiente:

  1. Los hombres son maximizadores racionales de sus preferencias (I.a).
  2. Las preferencias dependen de la libertad (I.a).
  3. Existe un costo de elección (I.b).
  4. Existe una relación entre la eficiencia en la toma de decisiones y la felicidad (II).
  5. Cada individuo sabe mejor qué prefiere, la intervención de un Estado paternalista genera distorsiones y limita el grado de bienestar (II).
  6. La realeza es un sintetizador de preferencias simbólicas, del deber ser (III).
  7. Estos idolos generan incentivos a los individuos (III).
  8. Su seguimiento facilita la toma de decisiones por seguimiento (IV).

En el presente artículo me propongo tensar estos argumento para insinuar una tesis contraria: que la realeza, como tantos otros falsos idolos, es un modelo social que obsta a la construcción de una individualidad original.

1. Los hombres son maximizadores racionales de sus preferencias.

Previo a considerar la verdad de esta afirmación, se impone definir el significado de la palabra clave. Así, recurro a la Real Academia Espańola, la que reza “Buscar el máximo de una función“.

De esta manera, la afirmación “los hombres son maximizadores racionales de sus preferencias” sería equivalente a “los hombres buscan el máximo de sus preferencias”. Así, a primera vista, esta proposición sería válida porque los hombres tienden a satisfacer sus demandas internas -deseos, necesidades, etc.- lo más que pueden.

Ahora bien, una segunda lectura de esta afirmación permite otra conclusión. Dentro de la estructura de los sujetos, sus valores e intereses están ordenados por prioridades o preferencias. De manera tal que la satisfacción de un deseo bien podría importar la frustración de uno superior. Un ejemplo claro de esto es el del cortoplacismo, donde se satisfacen deseos cercanos en detrimento de otros más importantes pero de más lejana realización.

De igual manera, son incontables las disciplinas que asisten la conformación de la voluntad de los individuos para precisarla y tecnificarla en aras de que este tipo de desviaciones en la maximización racional de las preferencias no se produzca. Esto es patente en el caso del asesoramiento médico o jurídico, por mencionar acaso los dos más tradicionales.

Así, la afirmación de que los hombres son maximizadores de sus preferencias resulta voluntarista y de una verdad relativa.

Aclaración: lo anterior bajo ningún concepto debe ser percibido como una defensa de la intervención paternalista de ningún agente. Por el contrario, el punto es que el argumento de la eficiencia no resulta contudente para negar su conveniencia; cuando sí lo es el de la ausencia de legitimidad que permita una interrupción/sustitución en la elección/ejecución de la voluntad de un individuo en lo concerniente a su plan de vida.

2. Las preferencias dependen de la libertad.

Las preferencias parecieran tener dos orígenes posibles: (a) uno sería innato o a priori; y (b) otro sería empírico o a posteriori.

De ellas, las primeras no tienen ninguna relación con la libertad sino, más bien, todo lo contrario. En consecuencia, no las tendremos en cuenta, con el agregado/asunción de que ellas son cuantitativamente menos significativas que las preferencias a posteriori.

En cuanto a las otras, estas preferencias dependerían de las experiencias del sujeto. Éstas, a su vez, se producen independientemente de que el individuo se encuentre en un mundo más o menos libre. Si bien los individuos en ambos escenarios siempre tendrán preferencias, en un mundo de menor libertad resulta más probable que la variedad de experiencias sea menor y, consecuentemente, el desarrollo -en términos cualitativos y cuantitativo- de sus preferencias tienda también a serlo.

De lo anterior que aquí se tenga por válida la relación entre las preferencias y la libertad.

3. Existe un costo de elección.

Más allá del costo de oportunidad que encierra toda elección -según el cual la adopción de un curso de acción (o, simplemente, opción) importa el sacrificio de seguir otro-, también es cierto que toda decisión importa un desgaste de energía anímica, psicológica, intelectual…

De lo anterior, que se concuerde nuevamente con el autor.

4. Existe una relación entre la eficiencia en la toma de decisiones y la felicidad.

La siguiente afirmación presenta el desafío agregado de  introducir un concepto tan polémico como la felicidad.

Si bien no creo que la variable principal relacionada a la felicidad sea la toma de decisiones sino el diseńo de la estructura subjetiva por la cual el hombre construye y entiende al mundo, no cuestionaré la relación planteada entre la eficiencia en la toma de decisiones y la felicidad.

5. Cada individuo sabe mejor qué prefiere, la intervención de un Estado paternalista genera distorsiones y limita el grado de bienestar.

En cuanto a esta afirmación, me remito a lo manifestado al considerar la primera afirmación: no es cierto que necesariamente cada individuo sepa mejor en cada caso concreto lo que más prefiere, sino que nadie tiene legitimidad para intervenir en la elección/ejecución de su plan de vida.

Aquí excluimos las reglamentaciones y leyes constitucionales – como limitaciones a la libertad convenientes/necesarias para la libertad formal/sustantiva común.

6. La realeza es un sintetizador de preferencias simbólicas, del deber ser.

Hasta este punto, las discrepancias con el artículo objeto de análisis se reducirían a la expuestas en (1) y (5), sin que ellas sean insalvables por una ligera reforma o redefinición de las afirmaciones. Ahora bien, la ruptura se produce a partir de la exaltación de la realeza -paradigma de los falsos ídolos- como representantes del deber ser.

Obviamente la divergencia no se produce en términos fácticos (del ser): es cierto que pululan por la Tierra millones de personas que intentan imitar la imagen de los modelos sociales. Tampoco se niega que su imitación no importe una reducción del costo de toma de decisiones, cuando el seguimiento incondicional le ahorra al individuo el ejercicio juicios de elección (decisión).

Por el contrario, desde el deber ser, la conveniencia de este modelo es cuestionable e -inclusive- hasta contradictoria con la proclama libertaria.

Antes se dividieron las preferencias en innatas y empíricas. De éstas, aquellas que importan la imitación de idolos, evidentemente, sólo pueden ser de la segunda especie, frutos de la experiencia.

Ahora bien, ¿cómo experimentan estos modelos ideales los individuos? La proporción de aquellos que entran en contacto directo/personal con los idolos es ínfima en relación al total de imitadores. Inclusive, las minorías que tienen un encuentro cercano rarísima vez tienen la posibilidad de forjar una imagen acorde con la realidad. De aquí que, nuestra percepción sea en realidad producto de la construcción social que se hace de ellos: una imagen pública resultante de la comunicación masiva.

Del mismo modo que se asume (tácitamente) que los sujetos actúan racionalmente, bien cabe suponer que el posicionamiento de los idolos en los medios de comunicación masiva no es casual en términos cualitativos -cuántas veces, con qué frecuencia- ni cualitativos -cómo se los presenta- ni finales -por qué-.

De estas tres variables, momentáneamente, me quedo con la última para seńalar que, de la misma manera que los individiduos, los medios de comunicación también serían maximizadores de sus preferencias y que la reproducción de las imagenes respondería a aquéllas.

Esta reproducción total de los medios de comunicación define significativamente al universo de condiciones de posibilidad experimental de los sujetos. Y así también se definen sus preferencias, no sólo por una cuestión de oferta; sino porque, según el grado de educación/desarrollo de la estructura de representación del mundo, el sujeto es más o menos permeable a los estímulos externos, al influjo de los medios de comunicación y a la inculcación de valores.

Esta inculcación de valores estándar -compendiados por los ídolos- tiene una ventaja importante en términos de la producción de la oferta. La homogeneidad de la demanda permite satisfacer a una mayor cantidad de individuos con un mismo tipo de producto – lo cual importa una drástica reducción de los costos.

Al mismo tiempo, la reproducción de modelos predigitados a través de estímulos estándares tiende a la normalización de los sujetos, en fatal detrimento de su individualidad. Ya Platón en República exponía la importancia de la construcción de ídolos y su inculcación mediante la educación para el establecimiento y conservación de su organización conservadora, totalitaria y de castas. Ciertamente, este modelo es más sutil que el de la violencia desnuda; pero ello responde tanto a una cuestión de sofisticación cuanto del diseńo democratico, donde sólo control de las mayorías permite asegurar al statu quo.

En estos términos, la verdadera defensa del individuo -y su libertad- sólo puede consistir en negar ese lugar en el estrado a esas figuras impolutas que cenan néctar y ambrosía – quienes, a medida que se hurga en su realidad, no demuestran más que ser humanos.

7. Estos ídolos generan incentivos a los individuos; y 8. Su seguimiento facilita la toma de decisiones por seguimiento.

En términos fácticos, asiento con el autor en que estos ídolos generan incentivos – y agrego que es su mismísima razón de ser que así sea. En la inmensa mayoría de los casos, son instrumentos de normalización y reproducción de un estado de cosas.

Asimismo en que su seguimiento facilita la toma de decisiones por seguimiento, lo cual es un carácter netamente gregario y síntoma de una individualidad débil. La libertad de este tipo de sujetos, a mi entender, resulta precaria.

Inconcluso final.

Si bien no asiste a este desarrollo una lógica impoluta, entiendo que la conclusión es clara. La idolatría es una enfermedad de la subjetividad, al someter al individuo a un conjunto de valores que no son verdaderamente propios. Este sometimiento no es accidental, sino que es el resultado de fuerzas comunicacionales que educan, conducen al individuo a lugares, pensamientos, conductas, preferencias comunes. Esta comunidad facilita y economiza su dominación, pauperiza la fuerza individual de cada uno de los componentes de la masa.

Ciertamente, la desaparición de los ídolos no es suficiente para la ilustración, la maduración de los sujetos. Al menos sería un primer paso.

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