Algunas reflexiones sobre la toma del Colegio Nacional

En el sesquicentenario de la institución, el Colegio Nacional de Buenos Aires fue objeto de una toma que se prolongó por más de diez días. Entre 2003 y 2005 no se registraron tomas. Con el fin de la gestión de Horacio Sanguinetti, el Colegio fue tomado, en una seguidilla, en 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, y el corriente –ninguna gestión del Centro de Estudiantes se ha privado de suspender la vida institucional del Colegio.

Esta nueva edición suscita el habitual encontronazo de opiniones entre distintos actores vinculados con el Colegio. Esta vez, el motivo alegado es la futura reforma de los planes de estudios de los colegios secundarios de la Capital -¿quién leyó estas ochocientas páginas?-, aunque, en virtud de su pertenencia a la Universidad de Buenos Aires, el CNBA no se ve afectado. Los promotores de la toma alegan que la solidaridad con los potenciales afectados por la medida es condición necesaria para que el gobierno de la ciudad dé marcha atrás con la reforma, puesto que las presuntas instancias de diálogo ya han sido agotadas. Si bien la medida no afecta directamente a los estudiantes del CNBA -ni tampoco a ningún estudiante actual de los colegios afectados a partir de 2015- tomar “el Buenos Aires” tendría la ventaja de otorgar una mayor visibilidad pública al reclamo. El argumento tendría sentido, solamente si tomar el Buenos Aires concitara amplios apoyos en la sociedad civil. Puede que la toma sea una tecnología política rústica, pero es la única posible, y es efectiva. Pero no: como toda maniobra orientada al efectismo, el truco de la toma tiene retornos decrecientes; como regla general, el público ajeno a la institución rechaza las tomas con argumentos similares a los que se esgrimen contra un piquete. Los opositores, entre los cuales se cuenta un conjunto importante de graduados, critican, con justeza, la imposición de una medida de fuerza aun sobre quienes no están de acuerdo con ella, la escasa representatividad de las asambleas donde se decide la continuidad de la medida y -ahora hay que lamentarlo- los actos de vandalismo cometidos en la iglesia más antigua de Buenos Aires. Los estudiantes o bien deben reclamar por vías institucionales y pensar políticas públicas alternativas o bien deben, simplemente, estudiar, punto.

En este artículo no me interesa discutir los méritos relativos de estos argumentos, demasiado opacados por el empleo de la chicana. Me interesa, en cambio, mostrar el lugar que ocupa la toma del Colegio en el contexto del equilibrio institucional argentino. Este artículo no es una defensa del institucionalismo de los edificios. En “El Informe de Brodie”, Borges imaginó una sociedad brutal -los yahoos-, que sin embargo se redimía por sus instituciones.

Los Yahoos, bien lo sé, son un pueblo bárbaro, quizás el más bárbaro del orbe, pero sería una injusticia olvidar ciertos rasgos que los redimen. Tienen instituciones (…)[1]

Interpreto el institucionalismo de Borges como una broma: si no se asientan sobre comportamientos virtuosos, las instituciones son sellos de goma. Entre economistas y politólogos es una proposición bastante establecida que la Argentina tiene un grado de desarrollo institucional muy inferior a su nivel de desarrollo económico y a la calidad de sus recursos humanos. Parece una especie de broma cruel, entonces, que una institución tan vieja como el país y que dio dos premios Nobel, aparezca como síntoma recurrente del síndrome argentino de baja institucionalización y que la discusión sobre la toma refleje la degradación de la discusión pública nacional.

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Figura 1. PBG per capita (año 2000) vs. control de la corrupción. Fuente: Banco Mundial

La baja institucionalización de la Argentina puede resumirse en los siguientes puntos[2]:

1. El congreso nacional no es un espacio importante en el debate y elaboración de las políticas públicas.

2. El ejecutivo tiene, muchas veces, excesiva discrecionalidad para impulsar políticas unilateralmente.

3. Consideraciones ligadas al federalismo fiscal se entrecruzan con prácticamente toda decisión de política pública nacional, agregando dificultades transaccionales y desviando el foco de atención de las cuestiones de fondo.

4. Existen pocos incentivos a invertir en desarrollar capacidades de policymaking de largo plazo.

5. En general, la burocracia no es un cuerpo efectivo al cual delegarle la implementación técnica de los acuerdos políticos con respecto a las políticas públicas.

6. El Poder Judicial no opera como un suficiente contralor de los actos de los otros poderes, de manera que no cumple un papel fuerte de mecanismo de enforcement de los acuerdos políticos o de políticas.

7. Los actores no gubernamentales que participan en el proceso de políticas, al carecer de una arena suficientemente institucionalizada como para realizar intercambios políticos, tienden a seguir estrategias de maximización de beneficios de corto plazo.

En el caso del Colegio, lo notable no es tanto el reflejo como el atraso. Cuando las instituciones son débiles, todo el mundo considera que la vía extrainstitucional está allí, a disposición de todos, para ser manoteada. Romper la maquinita es una tentación demasiado grande. De acuerdo con Guillermo O’Donnell, durante buena parte del siglo pasado, la Argentina funcionó según lo que Samuel Huntington denominó “pretorianismo de masas”, una lógica en la que los grupos sociales se enfrentan de manera directa, sin mediaciones institucionales:

En un sistema pretoriano, las fuerzas sociales se confrontan unas a otras de manera desnuda: no se reconoce a ninguna institución política, a ningún cuerpo de dirigentes políticos profesionales como intermediarios legítimos para moderar el conflicto entre grupos (…) no existe acuerdo entre los grupos con respecto a los métodos legítimos para resolver conflictos. En una sociedad pretoriana (…) cada grupo emplea los medios que reflejan sus capacidades: los ricos sobornan, los estudiantes protestan, los obreros hacen huelgas y los militares hacen golpes.[3]

La Argentina ya no es una sociedad pretoriana, pero nuestro síndrome de baja institucionalización se refleja en ciertos reductos de pretorianismo vocacional. No me refiero a los grupos de choque del gobierno sino al Colegio. Para ciertos estudiantes envalentonados, la democracia sólo existe en su versión plebiscitaria, no como método para procesar conflictos. El tipo de argumentos por ellos esgrimidos -pero sobre todo por los padres que creen que sus hijos encarnan la defensa de las luchas populares- refleja que la experiencia de las instituciones ha sido más bien pobre para las últimas dos generaciones, que consideran que “poner el cuerpo” -expresión muy argentina, como se recordó hace poco, y que resume esta vocación pretoriana- es un gesto más heroico y más gallito que pensar políticas públicas.

Éste es el punto donde se revela el subsuelo cultural de nuestra crisis institucional. La regla informal que manda romper la maquinita se transmite de una generación a la siguiente, con análoga justificación discursiva. Es la pesada herencia del progresismo argentino, tan afecto a describir la política con metáforas militares o deportivas, arropado con las cómodas banderías del lugar común e incompatible con una cultura política pluralista. De acuerdo con esta particular tradición, la mejor manera de defender lo público es mediante su captura física y su inhabilitación funcional, no mediante la discusión racional en foros institucionales, práctica tibia y melindrosa. Desde luego, estas prácticas que operan como socialización de futuros cuadros que capturarán, a su vez, múltiples dependencias del aparato estatal, generan obvias ineficiencias y una degradación de la función específica de las instituciones.

De hecho, sólo pueden generar, siguiendo la distinción clásica de Norberto Bobbio, élites que, bajo el atavío de un remanido discurso antielitista, se imponen, y no élites que se proponen. Lo advirtió Allan Bloom en The Closing of the American Mind cuando, con motivo de los incidentes de abril de 1969 en la Universidad de Cornell, describió el mecanismo hipócrita -la compasión, rebautizada aquí como solidaridad- por el cual un gesto esencialmente elitista se reviste de credenciales democráticas:

Una observación final sobre un aspecto de la motivación de los estudiantes que no ha recibido suficiente atención: además del deseo de vivir como quisieran, actuaban entre ellos con un elitismo encubierto (…) Ciertamente, la compasión y la idea de vanguardia eran en esencia coberturas democráticas para la autoafirmación elitista (…) En realidad, estaba intentando encauzar el impulso desigualitario por canales igualitarios. Del mismo modo, la vanguardia (tanto en relación al arte como a la política) es la forma democrática de distinguirse, de estar al frente, de dirigir, sin negar el principio democrático (…) Estos pequeños lugares podían ser dominados fácilmente, como podría haberlo sido una polis. Utilizándolas como escenario, los estudiantes lograron una inmensa notoriedad. En el mundo ordinario, fuera de las universidades, aquellos jóvenes no habrían tenido forma de llamar la atención.[4]

En el Colegio conviven de manera incómoda dos tradiciones. Una, vinculada de manera íntima a la historia del país, perdura -en forma disminuida- en las tomas, y su costado épico puede encontrarse en libros ya conocidos. Esta tradición ha engendrado generaciones de cuadros políticos que flaco favor le hicieron a la construcción de una cultura política pluralista. Otra, menos visible, se compone de una abigarrada pléyade de historias personales que ejemplifican los bienes internos a la transacción educativa: los hallazgos inesperados en volúmenes polvorientos, la forja de una vocación científica, relaciones indelebles de camaradería y discipulazgo, el privilegio de las reglas universalistas sobre la discrecionalidad, de la integridad sobre el doblez, el poder de la fuerza del mejor argumento. No volví a encontrar esta feliz combinación en ninguna otra institución educativa del país. Esa tradición se expresa en la profesión de fe sobre los frutos de una educación humanista que Aída Barbagelata dejó sentada en el prólogo a un conocido libro de latín: «A tal hombre, que sabrá escuchar, pensar, expresarse, no lo engañarán ni pseudoartistas, ni pseudocientífcos, ni falsos profetas; elegirá bien en libertad, con responsabilidad, estimando en sí mismo, en los otros, en cada cosa y en cada circunstancia, el justo valor».

Esta segunda tradición corre riesgo de muerte. El Colegio quizás nunca fuera más que un catálogo de caracteres singulares que cristalizaban en un conjunto de prácticas. Y, como lo similar busca lo similar, y el Colegio se revelaba como un lugar relativamente hospitalario, estos caracteres adoptaron la costumbre de atiborrarse en él. Por diversos motivos, la sociedad argentina cada vez produce menos tipos humanos de estas características, y los caracteres excéntricos que se agolpaban en el Colegio se están muriendo. Este eclipse tiene como corolario el imperio de la primera dimensión: el Colegio como laboratorio político cada vez más acostumbrado a la seguidilla espasmódica de interrupciones institucionales, que destila restos humeantes del delirio unanimista que subtiende al fracaso de la Argentina como proyecto político.


[1] Borges, J.L. 1970. El Informe de Brodie. Buenos Aires: Emecé.

[2] Tommasi, M. 2010. Un país sin rumbo. Política, políticas públicas y desarrollo en la Argentina (con una breve comparación con el caso chileno).  Desarrollo Económico 50(199): 391-421. También: Spiller, P., y M. Tommasi. 2007. The Institutional Foundations of Public Policy in Argentina. Cambridge UK: Cambridge University Press.

 

[3] Huntington, S. 1968. Political Order in Changing Societies. New Haven: Yale University Press, p. 196.

 

[4] Bloom, A. 1989. El cierre de la mente moderna. Madrid: Plaza y Janés, p. 344.

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3 comentarios

  1. Christilcara · ·

    El término Yahoo fue creado por Jonathan Swift en Los Viajes de Gulliver. En particular, en El Viaje al País de los Houyhnhnms. Borges lo toma de Swift.

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  2. Jorge R. Dujan · ·

    Yo discrepo con esta apreciación:

    > si no se asientan sobre comportamientos virtuosos, las instituciones son sellos de goma

    Opino que las instituciones son sellos de goma sólo cuando dejan de hallarse -o nunca se hallaron- internalizadas por la mayoría. El lugar donde residen las instituciones es, a mi modo de ver, el conjunto de las cabezas de la gente. Que los comportamientos institucionalizados sean o no virtuosos es otro asunto. Si una pauta de comportamiento está bien instalada -conocida, aceptada, indiscutida- entonces he ahí una institución.
    Un rasgo argentino es la fragmentación institucional; no en el sentido de que no haya instituciones, sino de que ninguna es aceptada por la mayoría. Cada “tribu cultural” tiene sus instituciones; pero todas son más o menos minoritarias.

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  3. Fernando Aguilar · ·

    Existen dos niveles de análisis a este tema. Un promer nivel, de índole económica, nos indica que el Colegio se sostiene con los impuestos. Quienes pagan impuestos en su mayor parte son la de clase obrera. Los pobres brindan la educación de excelencia para los hijos de la burguesía acomodada, aun cuando algún hijo de obrero accede al privilegio de ser alumno. La educación es gratis para ellos pero no para quienes la pagan. Negarse a estudiar o impedir que otros estudien, bajo cualquier motivo, es pues, muy inmoral.

    Además nuestra Constitución fue la consecuencia de crueles guerras y matanzas entre argentinos. Su objetivo fundacional fue lograr la paz y erradicar la violencia. Cada vez que los gobiernos acudieron a la violencia debieron apartarse de la Constitución. El derecho a aprender es constitucional. Ningún derecho puede ejercerse negando a los restantes ha dicho la Corte Suprema. El derecho a la protesta y la expresión de disenso no está por encima de los restantes derechos, en especial, el de la propiedad, el derecho a enseñar y a aprender.
    Los edificios públicos son de todo el pueblo, deben ser sagrados y custodiados para todos. Nadie tiene el derecho de monopolizar su acceso o impedir el acceso a otros.

    La violaciòn de las normas de convivencia pacífica, inclusive de la ley, es el primer paso para violencias mayores. No puede ser ni tolerada ni justificada. Lo que sigue después de estas violaciones siempre es peor, siempre es lamentable.

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