Los fondos buitre y la crisis de la posnacionalidad

Nos encontramos en el final de una de las semanas más agitadas que vivió nuestro país en los últimos años en cuanto a sus relaciones internacionales. ¡No!, no piense que estoy haciendo referencia al mundial por las repercusiones que tuvo la ciclotimia táctica de Sabella. Me refiero al rechazo, por parte de la Suprema Corte de los Estados Unidos de América, de las defensas argentinas en el marco de la causa iniciada por NML Capital Ltd. y EM Ltd. ante el juez republicano Thomas Griesa.

La historia de los carroñeros trasnacionales comienza a mediados de la década nefasta (la de 1990) en la que nuestro país, con la insulsa esperanza de que atraería inversiones internaciones, adhirió al Consenso de Washington, conocido popularmente como el origen de las “relaciones carnales” con Estados Unidos. El Consenso de Washington es la marca de una época para la Argentina; una época en la que a los argentinos, y a los representantes electos por ellos, les importaba muy poco la soberanía nacional y se encontraban tan desesperados por ingresar a ese nuevo mundo globalizado —y cada vez más posnacional— que decidieron ceder importantes parcelas de soberanía casi sin pensar en las consecuencias que conllevaría.

En el caso particular de los buitres, al momento de emitirse los bonos que ahora se pretenden ejecutar, la República Argentina decidió ceder su jurisdicción en todo lo relativo a éstos a la justicia de New York. A partir de la crisis económica que el país sufrió a fines de 2001, el Estado debió dejar de pagar esos bonos de deuda y entró en default, por lo que fue necesario reestructurar la deuda, tarea que se llevó adelante entre los años 2005 y 2010. Hasta aquí todo parece normal, idéntico a lo que ocurre con cualquier empresa que entra en estado de cesación de pagos: se concursa, los acreedores verifican sus créditos, se reestructura la deuda y se cumple bajo las nuevas condiciones. Pero aquí hubo un problema: como con el default el valor de mercado de los bonos de la deuda había caído mucho más bajo que su valor nominal, un grupo de aves de rapiña decidió conformar nidos de carancho trasnacionales para comprarlos, pero sin concurrir a verificar sus créditos como el otro 93% de los acreedores. En lugar de ello, decidieron hacer valer esa cesión de jurisdicción que realizó la Argentina al emitir los bonos, ante un juez nombrado por Richard Nixon.

Bueno… dejando la ironía de lado, toda esta situación ha dejado bastante para debatir en la sociedad internacional. En principio, quedó de manifiesto el enorme poder que tienen las corporaciones económicas trasnacionales. Aún cuando la Argentina recibió apoyo de los principales líderes mundiales, incluido el propio Barack Obama, parece increíble que una corporación de parásitos trasnacionales pudiera más que todos ellos. Sin embargo el tema que me gustaría reflexionar con usted es otro: la profunda crisis de la posnacionalidad y su relación con este caso.

Enseña Jürgen Habermas que el nacionalismo como lo conocemos fue inventado en el siglo XVIII como “[…] una forma específicamente moderna de identidad colectiva” (HABERMAS, 1998: 89). Claro que hay dos tipos muy distintos de nacionalismos pero ambos consisten en esto: extrapolar características de la identidad individual y constituir con ellas una identidad más o menos homogénea que va a definir a un Estado. El primero de estos nacionalismos es el llamado “abierto” que se genera a partir de la Revolución Francesa y es un nacionalismo con características muy diversas, tanto que le permite aceptar como nacional a casi cualquier persona que voluntariamente quiera integrar ese Estado. El otro se desarrolla a mediados del siglo XIX alcanzando su auge al finalizar la guerra franco-prusiana, es el conocido como nacionalismo “cerrado” que otorga características muy determinadas a esta identidad nacional y acepta como nacionales sólo a las personas que reúnen necesariamente esas mismas características en su identidad individual.

Nuestro autor también nos dice que la Alemania nazi no fue más que la profundización, llevada al punto máximo, del nacionalismo “cerrado”. Pero además señala que fueron las catastróficas consecuencias del nazismo y la Segunda Guerra Mundial las que llevaron a la crisis del paradigma de Estado Nacional de la modernidad (HABERMAS, 1998: 92-93).

La idea de soberanía nace con la Paz de Westfalia e intrínsecamente relacionada al Estado Nacional de la modernidad; por lo que, cuando este paradigma entra en crisis después de la Segunda Guerra Mundial, comienza a desdibujarse la idea de una soberanía absolutamente nacional y se configura el nuevo paradigma del Estado Posmoderno. Éste se caracteriza por el desdibujamiento de los elementos del Estado, las nuevas tecnologías y comunicaciones hacen difusos algunos límites territoriales (por ejemplo: ¿quién gobierna en Internet?); los constantes movimientos migratorios hacen inestable a la población; y la soberanía se descentraliza hacia abajo (del Estado central a la provincias) y hacia arriba a través de la cesión a instituciones supranacionales (ORTIZ y LESCANO GALARDI, 2006: 5). Dilución de territorio, población y soberanía es lo que caracteriza a la posnacionalidad, en especial, el cambio en la concepción de este último elemento que de considerárselo algo absoluta e intrínsecamente nacional pasa a ser un elemento que puede ser cedido por el Estado.

En Europa la posnacionalidad es un fenómeno que se desarrolla desde 1951 con la firma del Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, pero en la Argentina, como el fascismo se extendió por más tiempo que en el viejo continente, el Estado Posmoderno sólo fue posible recién a partir del fenómeno de la globalización y la adhesión al Consenso de Washington.

El caso de los fondos buitre exalta una doctrina que viene desarrollándose a partir de la crisis del 2001, no sólo en la Argentina sino en la mayor parte de los países del cono sur de América Latina. A esta doctrina se la denomina posneoliberalismo y se refiere a varias cuestiones de la vida política y económica de los países de nuestra región. Sin embargo, me interesa resaltar sólo un aspecto: el reenamoramiento del viejo paradigma de soberanía. Flota en este posneoliberalismo una suerte de neonacionalismo; un sentimiento romántico por aquel viejo Estado todo-poderoso y por esa soberanía absoluta e intrínsecamente nacional.

Pero esto no está pasando solamente en nuestro país o nuestra región. A partir de la crisis económica de 2008 en Europa el neonacionalismo no sólo aparece flotando como un fantasma, sino que está cada vez más presente. Está presente en los movimientos antisemitas y antiamericanos que se vienen desarrollando en Grecia en los últimos años; se presenta también en el considerable avance que ha tenido la Liga del Norte en Italia; en la xenofobia que se observa en España; en el proyecto de referéndum inglés para salirse de la Unión Europea; en el resentimiento del pueblo alemán que culpa a los mediterráneos por la crisis; y, en general, en el giro a la derecha que se está produciendo en todos los Estados del continente.

Hay algo muy interesante en las críticas que se esbozan al fallo de los buitres. Argentina podría sostener tranquilamente que la cesión de jurisdicción a la justicia de New York es inconstitucional porque el artículo 75, inciso 24, habilita esta cesión sólo a órganos supranacionales y no así a otros Estados; de esta forma se rechaza la decisión pero sin abandonar la posnacionalidad. Sin embargo, las críticas que se realizaron hasta el momento son de corte neonacionalista puro: se apunta exclusivamente a que no puede violarse la inmunidad de un Estado. Parece olvidarse que esa nación cedió su soberanía a ese juez; esto no se lo menciona porque el neonacionalismo considera que la soberanía es algo que no se puede ceder.

Es mi opinión, pero considero que Obama apoyó el planteó de Argentina no porque le importe preservar la inmunidad de ejecución de este país; sino porque Estados Unidos ha construido su imperio a partir de la posnacionalidad y le preocupa el avance de los neonacionalismos. El caso de los fondos buitre es un antecedente terrible para cualquier Estado que haya adherido al Consenso de Washington, firmado algún tratado bilateral de inversión o consentido el CIADI, porque lo pone en un lugar de indefensión muy grande.

El fallo de Griesa es potencialmente nocivo no sólo para la República Argentina; si consideramos el entorno mundial este antecedente puede generar graves consecuencias en las relaciones internacionales. Cuando los libros de historia cuentan que la Revolución Francesa estalló a partir de que la reina dijo que si el pueblo no tiene pan que coma tortas, están diciéndonos que pensar es gratis pero no hacerlo puede salir muy caro. La Suprema Corte de los Estados Unidos no parece haberle dado a este caso la verdadera importancia que tiene, la importancia que el Presidente de ese mismo país sí le quiso dar. Yo le propongo esto, lector: cuando lea las noticias que seguirán saliendo sobre este tema no piense que se trata solo de un problema económico de la Argentina y reflexione en torno a que el fascismo puede estar a la vuelta de la esquina.


 

Fuentes citadas:

HABERMAS, Jürgen, Identidades nacionales y posnacionales [traducción de Manuel Jiménez Redondo], 2da. ed., Madrid: Tecnos, 1998.

ORTIZ, Tulio y Verónica LESCANO GALARDI, “¿Hacia un Estado posmoderno argentino? Transformación e identidad”, ORTIZ, Tulio y María Laura PARDO (coords.), Estado posmoderno y globalización, 1ra. ed., Buenos Aires: Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, 2006, pp. 3-27.

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