El karma del camaleón populista

Una vez más el populismo está de moda. El último libro de Loris Zanatta, aparecido en Italia el año pasado y traducido al castellano en marzo de este año, se ocupa de abordar este fenómeno camaleónico. En lo fundamental, el libro coincide con otros análisis que se ocupan de desentrañar el núcleo duro de la ideología populista, como los artículos de Cas Mudde (2004), Koen Abts y Stefan Rummens (2007), o el libro de Pierre-André Taguieff (2002). Este núcleo duro consiste en una particular concepción maniquea del mundo que a un pueblo virtuoso y sin divisiones de intereses opone una élite corrupta –el antipueblo o el enemigo del pueblo– que se encuentra permanentemente al acecho. La forma explicativa predilecta del populismo es el funcionalismo de corte conspirativo –los eventos adversos a los intereses del pueblo ocurren porque alguien se beneficia de ellas–. En términos de Taguieff, el populismo como ideología comporta “la celebración fundacional del ‘pueblo’ en tanto que ‘sano’, auténtico, ‘natural’, virtuoso, la mayoría de las veces acompañada de la denuncia de ‘los de arriba’” (2002: 100).

Este imaginario monista, que encuentra sus fuentes en la teoría democrática de Rousseau y Schmitt, está en contradicción directa con la tradición pluralista y liberal. En efecto, Zanatta afirma que el populismo “es la corriente antiliberal más poderosa de la era democrática” (35). Agrega que “la noción de populismo desemboca en la idea de comunidad orgánica. Una comunidad cuya vida reflejaría un orden natural, en lugar de depender de un contrato explícito, voluntario y racional entre sus miembros. Como tal, el estado ‘natural’ de la comunidad populista sería el de armonía y unidad, de cohesión y homogeneidad. A la inversa, y por el mismo motivo, esa comunidad vive del conflicto y las diferencias, el disenso y las discrepancias como manifestaciones de debilidad. Más aún, como amenazas a su propia existencia” (29). Que el Zeitgeist populista sea independiente de las tradicionales divisiones ideológicas explica su compatibilidad con no importa qué ideología política. Como sostiene Taguieff, el populismo oscila, en sus transformaciones caprichosas, entre el ultrademocratismo, el seudodemocratismo y el antidemocratismo.  El populismo viene y va como un karma de las democracias liberales, y al líder populista bien podrían aplicarse los versos de la canción pegadiza de Culture Club: «I’m a man without conviction».

CFK, Chávez y Morales, tres ejemplares del populismo lationamericano.

CFK, Chávez y Morales, tres ejemplares del populismo lationamericano.

Sin embargo, los análisis difieren en un punto relevante. La línea interpretativa del libro de Zanatta sostiene que el populismo es un fenómeno universal bien acendrado que abreva en un imaginario antiguo y que retorna, de tanto en tanto, ante las diversas crisis de desintegración que golpean a los sistemas políticos modernos. El populismo vendría a ser la arista política de una reacción cultural antimoderna más general que está siempre agazapada, lista para prosperar a la sombra de las crisis de legtimidad. Si bien Zanatta resalta un punto importante, que explicaría sobre todo la demanda de liderazgos de corte populista, esta interpretación es discutible porque si bien las crisis pueden proveer ventanas de oportunidad que constituyen un terreno fértil para la retórica populista, dejan de lado el análisis estratégico de los actores políticos relevantes. Formulado así, el diagnóstico bien puede aplicarse al comunitarismo –como ha  señalado Michael Walzer– o a las corrientes estéticas y filosóficas antirracionalistas.

La ciencia política moderna tiende, en cambio, a concentrarse en los determinantes de la oferta del populismo. No en cualquier escenario sería igualmente atractivo para un líder optar por este tipo de retórica y de política pública. Javier Corrales ha mostrado que, en ciertas condiciones y bajo una determinada distribución de preferencias políticas (cuando la distribución ideológica de los votantes se encuentra sesgada hacia la izquierda) la radicalización de las políticas de gobierno es una estrategia que tiene réditos electorales significativos. Tampoco debe subestimarse el premio del populismo, la captura de un conjunto de agencias estatales y sus respectivas cajas. Contra su propio discurso plebeyo, como ha señalado Nadia Urbinati, el populismo crea una nueva élite política estrechamente vinculada al estado. En efecto, el populismo anida en el vértice del estado y difunde, desde esa atalaya, una lógica prebendaria y excluyente.

El análisis cultural del populismo revela aspectos relevantes pero no debe opacar una dimensión central. Las políticas populistas se caracterizan por la desinversión sistemática en bienes públicos esenciales: meses enteros sin servicios básicos, decenas de muertos en un accidente ferroviario y, en la Venezuela post-Chávez, una situación lindante con la guerra civil son la métrica cruel de las consecuencias del populismo. El cortoplacismo endémico del populismo acentúa aún más el sesgo hacia el presente que tiene la política democrática. Este sesgo está íntimamente reñido con el hecho de que las sociedades son, en buena medida, un contrato intergeneracional. Las políticas económicas populistas ignoran el carácter intertemporal de muchas decisiones de política pública; esta ignorancia equivale a rifar el futuro. Como ha ocurrido en las crisis más agudas, en el nadir del ciclo populista, siguiendo también al inspirado Boy George, «every day is like survival». Pero, a diferencia de los juerguistas del videoclip, la mayor parte de quienes soportan las políticas populistas no pueden abandonar el barco porque, siguiendo a Jon Elster, no hay nada externo a la sociedad. A menos que, parafraseando palabras famosas, nos resignemos a aceptar el consejo de Rick Blaine: «siempre nos quedará Uruguay». Más vale orientar el timón a tiempo.

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