Genocidio Armenio (1915-1923): cien años de impunidad

“Después de todo, ¿quién habla hoy de la aniquilación de los armenios?” (Adolf Hitler) [1]

I. Introducción

Mucho tiempo ha transcurrido desde el primer genocidio del siglo XX, perpetrado contra los armenios por parte del Imperio Otomano. Nada menos que 100 años. ¿Qué pasó en estas diez décadas, luego de haberse asesinado a 1.500.000 armenios por el sólo hecho de serlo? Así como Alemania admitió oficialmente el Holocausto cometido contra los judíos en su propia tierra, reconociendo los daños y pérdidas ocasionados al pueblo judío, por lógica analogía se hubiese esperado que Turquía respondiera de igual forma hacia los armenios. Pues nada de eso ocurrió: al 2015, pese a los constantes reclamos internacionales, Turquía no sólo continúa negando la entera responsabilidad que le cabe, sino que va más allá, sosteniendo la inexistencia del genocidio armenio.

II. Contexto histórico

Armenia es un país localizado geográficamente al sureste de Asia, que limita con Turquía, Azerbayján, Georgia e Irán. Hacia principios del siglo XX dicha región formaba parte del Imperio Otomano, cuyo poder hegemónico era detentado por Turquía desde el siglo XIV.

En líneas generales, los armenios habían gozado de relativa tranquilidad y libertad dentro de un imperio musulmán, considerándose a aquéllos como una minoría por ser cristianos (y, por ello, tratados como “ciudadanos de segunda”, bajo un régimen estricto, arbitrario y discriminatorio). Sin embargo, lo cierto es que la creciente animadversión de los turcos hacia la comunidad armenia se fue transformando con el correr de las últimas décadas del siglo XIX en la expresa convicción de que su continuidad dentro del imperio hacía peligrar el proyecto de conformar una región compuesta exclusivamente por turcos otomanos, lo cual terminó derivando en la fatídica decisión de exterminarlos como pueblo.

Por ello, la matanza no fue el resultado de una guerra entre Armenia y el Imperio Otomano. Fue, en cambio, una decisión planificada fríamente mediante sendas deliberaciones efectuadas por el grupo denominado “Jóvenes Turcos” [2], quienes habían alcanzado el poder en el Imperio Otomano en 1913 luego de una revolución . Ésta había tenido lugar como consecuencia de la decadencia política, económica y cultural del Imperio Otomano hacia fines del siglo XIX, y el grupo insurrecto planeaba llevar adelante una reforma que modernizase la región[3]. Paradójicamente, dicha insurrección fue apoyada y bienvenida por los mismos armenios en atención a que dicho grupo prometía mejoras en las condiciones económicas, políticas y sociales del pueblo armenio. Las intenciones subrepticias no tardaron en emerger: al llegar al poder, los Jóvenes Turcos tuvieron como principal objetivo acentuar el poder de Turquía en el Imperio Otomano, imponiendo su ideología política por sobre el resto de los musulmanes dentro de la región, unificándolos bajo el denominado “Panturquismo”, concepto que implicaba la turquificación forzada del resto de los pueblos musulmanes. Dado que los armenios no cuajaban dentro de este plan por pertenecer a una etnia distinta a la musulmana, por profesar la religión cristiana que desentonaba con los países limítrofes musulmanes, y por tener costumbres totalmente distintas, se decidió remover todo obstáculo que impidiese la ejecución del proyecto Panturquista. El detalle fue que el obstáculo era el pueblo armenio mismo, y por ende, se decidió su literal eliminación.

Las condiciones políticas mundiales facilitaron la exterminación de los armenios, dado que hacia 1915 Europa estaba inmersa en los inicios de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Al encontrarse el mundo entero sumido dentro del clima bélico, el Estado turco calculó que la matanza de armenios dentro del continente asiático sería sin dudas pasada por alto, en atención a la vorágine de la Gran Guerra. Lamentablemente, sus predicciones fueron acertadas: los primeros asesinatos tuvieron lugar el 24 de abril de 1915, cuyas víctimas fueron nada menos que 219 intelectuales, científicos, músicos y otras personalidades destacadas dentro de la comunidad armenia. Primeramente arrestados, fueron luego ejecutados sin siquiera explicárseles los motivos. Más tarde, comenzaron las deportaciones de cientos de miles de armenios hacia el desierto de Der el-Zor (actualmente Siria), sitio en el cual eran abandonados a su suerte. La masiva afluencia de personas era obligada a quedarse en la desértica zona, dado que quienes intentaban escapar eran inmediatamente fusilados por el ejército otomano que circundaba el desierto. La concatenación de los hechos posteriores fue tétricamente previsible: miles de personas aglomeradas en la nada misma, sin comida, sin agua, sin un lugar en donde refugiarse. Hombres, mujeres, niños y ancianos sin distinción alguna fueron obligados a marchar a pie recorriendo cientos de kilómetros hacia la muerte en el desierto como destino final, si no perecían antes de sed o hambre durante su forzada peregrinación. Familias enteras presenciaron el deceso de cada uno de sus miembros hasta su completa desaparición. Los armenios que finalmente lograron llegar hasta el desierto no tuvieron otra expectativa que la de esperar pasivamente la más cruenta de las muertes.

Ante este dramático escenario, no es de extrañar que el total de armenios asesinados haya ascendido a un millón y medio. El exterminio no se detuvo ante el derrocamiento de los Jóvenes Turcos por parte Mustafá Kemal en 1919, líder turco que dispuso el cese de los aniquilamientos en concordancia con el repudio del resto del mundo frente a la cada vez más notoria difusión del genocidio armenio. Diversos países habían estado alertando al resto sobre las matanzas efectuadas por el Estado otomano a los armenios, pero sólo luego de finalizada la Primera Guerra Mundial las voces comenzaron a oírse con más fuerza. Ante la presión internacional, el gobierno turco sobreviniente dispuso primero la detención y luego el juzgamiento de los funcionarios involucrados en el masivo crimen, aunque ello no terminó aconteciendo. Recién en 1923 cesaron definitivamente las deportaciones, cuando ya no quedaban casi armenios en Turquía.

El tratamiento del genocidio armenio perpetrado por el Imperio Otomano fue el del olvido y la negación: en la convicción de que sólo cabía olvidar los fatídicos sucesos ocurridos durante ocho largos años en la historia de Turquía, procedieron a enterrar tanto a los cadáveres armenios como a los hechos que generaron dicha masacre. Ante las crecientes acusaciones internacionales sobre la responsabilidad turca en el genocidio armenio, Turquía se encargó de negar todas y cada una de ellas, alegando motivos tan irrisorios como que los armenios habían fallecido a causa de una supuesta guerra entre Armenia y Turquía (arguyendo incluso la muerte de 600.000 personas entre armenios y turcos), o que simplemente habían perecido a causa de la escasez alimentaria general derivada de la Primera Guerra Mundial.

Pese a que tales falacias no tienen el menor asidero en la realidad, han sido sostenidas tanto por el Estado turco de aquella época como por el actual. Así es como, habiendo transcurrido 100 años, son tres las generaciones de turcos que mantienen el discurso negacionista, frente a la sólida y copiosa documentación que da cuenta de que el genocidio armenio existió, y que ha sido el Estado turco su único responsable.

III. Reconocimiento internacional

Cabe destacar que son 20 los países que oficialmente reconocen el genocidio armenio, además de 42 estados de Estados Unidos de América. Las naciones y territorios que han efectuado resoluciones formales mediante las cuales afirman la ocurrencia del primer genocidio del siglo XX son las siguientes:

Argentina, Armenia, Bélgica, Bolivia, Canadá, Chile, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano y Venezuela. También, las regiones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales (Reino Unido), País Vasco y Cataluña (España), Ontario y Québec (Canadá), Australia Meridional y Nueva Gales del Sur (Australia), Crimea (Ucrania), Ceará y São Paulo (Brasil)[4].

En Argentina, a través de la sanción de la ley 26.199 de fecha 13 de diciembre de 2006, se ha reconocido el genocidio armenio. El artículo primero reza:

Declárese el día 24 de abril de todos los años como ‘Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos’, en conmemoración del genocidio de que fue víctima el pueblo armenio y con el espíritu de que su memoria sea una lección permanente sobre los pasos del presente y las metas de nuestro futuro.

A su vez, en el año 2011 el juez Oyarbide, en un Juicio por la Verdad, determinó que el Estado Turco cometió el delito de Genocidio contra el Pueblo Armenio, siendo el primer precedente internacional en el reconocimiento del Genocidio Armenio por parte del Poder Judicial de un país. Es decir, Argentina es el único país del mundo donde el Genocidio Armenio es reconocido por los tres poderes del Estado[5].

El Papa Francisco en un reciente discurso ha condenado al Estado turco por su papel en lo que denominó “el primer genocidio del siglo XX”, instando a su reconocimiento. Podríamos decir entonces que, de alguna forma, ha contestado al irónico interrogante del canciller alemán (“¿quién habla hoy de la aniquilación de los armenios?”), aunque hayan transcurrido más de 70 años de aquél: no sólo se recuerda el genocidio armenio, sino que se mantiene incólume la exigencia de memoria, verdad y justicia para el pueblo armenio[6].

IV. Consideraciones finales

El artículo 5 del Estatuto de la Corte Penal Internacional, que establece los crímenes de competencia de la Corte, considera el genocidio como el primero de una serie de crímenes graves de trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto. Esto no es mera casualidad, puesto que el genocidio ha sido ya considerado como el “crimen de los crímenes”[7], y los responsables de estas “atrocidades que desafían la imaginación”[8] (tal como versa el preámbulo del Estatuto de Roma) deben dar cuenta de sus crímenes. Hasta tanto esto no suceda, los gérmenes de tales actos de crueldad extrema seguirán perpetuándose, y socavando todo orden social en lo interno e internacional[9].

Aunque tengan que pasar 100 años más, no se detendrá el reclamo pacíficamente instado, dado que, tal como aseveró Cicerón, “la fuerza es el derecho de las bestias”. Lamentablemente, los sucesivos genocidios ocurridos en el siglo XX, entre los que se destacan el armenio, el judío, el camboyano y el ruandés, dan cuenta de que los derechos humanos no han evolucionado homogéneamente para todo el mundo, y que, a menos de que se entienda la importancia de preservar, proteger y fomentar el progresivo desarrollo de los derechos humanos, nada obsta a que en un futuro se vuelvan a repetir atropellos que cercenen los más elementales derechos a la vida, la dignidad humana, y al proyecto de vida ínsito en cada ser humano. A cien años del genocidio armenio, su pueblo continúa exigiendo memoria, justicia y verdad.

Referencias

[1] http://www.diarioarmenia.org.ar/reflexionando-sobre-el-horror-nazi-recordemos-un-holocausto-anterior/

[2] http://www.genocidioarmenio.org/category/hechos/jovenes-turcos/

[3] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=197960

[4] http://www.bitacora.com.uy/noticia_7214_1.html

[5] http://www.infobae.com/2011/04/01/573158-declararon-que-turquia-cometio-genocidio-contra-el-pueblo-armenio

[6] http://es.euronews.com/2015/04/12/el-papa-francisco-reconoce-y-condena-el-genocidio-armenio/

[7] PROSECUTOR V. KAMBANDA, causa núm. ICTR 97-23-S, Sala 4 de Primera Instancia del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, septiembre de 1998, pár. 16.

[8] http://www.un.org/spanish/law/icc/statute/spanish/rome_statute%28s%29.pdf

[9] GÓMEZ-ROBLEDO Verduzco, Alonso. El Crimen de Genocidio en Derecho Internacional. Boletín Mexicano de Derecho Comparado, Nueva Serie Año XXXV, Número 105 Septiembre-Diciembre 2002.

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